11/15/2009

Pariendo lejos

No necesitan decirlo: sé perfectamente bien que los hombres nunca sabremos lo que es parir un hijo o hija; sé bien que no sabemos lo que se siente estar embarazadas o, para el caso, ni siquiera lo que es menstruar.

Pero eso no significa que el papá moderno y progresista, aquél que acompaña todo el proceso, no lo entienda. Acompañar a una mujer embarazada, digámoslo de una vez, está bastante cabrón también. No sólo porque ustedes – sí, ustedes – se ponen difíciles y mañosas, sino porque les toca vivir algo de lo que simplemente no podemos ser parte por más que queramos. Además, también engordamos. Carajo.


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Maravillosos malos sentimientos

Siempre he mirado con desconfianza a los optimistas: o saben algo que yo no, o no saben nada. No es que sea muy pesimista, realmente no lo soy. Pero en la cursi búsqueda de una sonrisa, los “positivos” suelen ser irritantes y faltos de realismo. En efecto, siempre he sentido que existe alguna mentira fundamental en mirar la vida con una sonrisa.

Ahora sé que tengo razón: un estudio de la Universidad de Nueva Gales del Sur, ubicada en Australia, y publicado por la revista Science, plantea que cuando se está de mal humor se toman mejores decisiones, y que los optimistas tienen una propensión natural a resolver mal los dilemas.

El estudio determinó que aquellos que están alegres se dejaban influir por detalles superficiales al determinar si una historia es falsa o verdadera, mientras que los malhumorados desmenuzan el discurso más cuidadosamente y responden de acuerdo con el contenido mismo del mensaje. Es decir, estar ligeramente irritado lo hace a uno más incisivo, le da claridad mental y lo aleja de los prejuicios obvios.

No sólo eso: los malhumorados son más precisos y observadores que los optimistas, quienes dejan pasar detalles importantes al describir un evento del cual han sido testigos. Los “felices” pueden ser más flexibles y creativos, pero son menos atentos a lo que está sucediendo.

Este estudio es importante porque es parte de la desmitificación de una serie de preceptos que en las últimas décadas se volvieron casi verdades de facto: la filosofía de que a mal tiempo buena cara.

Lo que estamos descubriendo hoy es que el agobio, la tristeza y la irritabilidad no sólo son inevitables, sino incluso partes sanas de la vida. Hay expertos en psicología humana que plantean que las emociones negativas tienen un origen evolutivo y que emergieron porque —de la misma forma que el miedo nos alerta sobre la presencia de algún peligro— el desánimo es un mecanismo de advertencia que dice que algo anda mal y te empuja a buscar su causa.

Jerome Wakefield, profesor de la Universidad de Nueva York, plantea que “al calificar el desánimo que todos sentimos en algún momento como una condición patológica, le hemos asociado un estigma. Esto hace que una depresión pasajera genere rechazo y que se estimule la actitud de: ‘supéralo, toma una pastilla’”. Añade que insistir en que la tristeza requiere un tratamiento inmediato puede impedir la principal razón para que exista: darnos la capacidad de reconstituir nuestra vida tras un episodio doloroso. “Cuando estamos decaídos, nos sentimos incómodos con alguna situación que vivimos y anhelamos una nueva forma de relacionarnos con el mundo, por lo que nos vemos forzados a explorar nuevas opciones. El desánimo a menudo estimula la creatividad”, agrega Eric Wilson, profesor de la U. de Wake Forest y autor del libro Contra la felicidad, según una cita del diario La Tercera.

También se ha demostrado que, contrario a la convicción popular, es mejor no hablar de un tema traumático de inmediato. Por el contrario, psicólogos modernos sostienen que guardarse la tristeza y procesarla a solas —al menos en un primer momento— sirve para que a la hora de expresarla a los demás la entendamos mejor y evita que los sentimientos se confundan o tergiversen.

Creo que hay otra emoción que es considerada negativa pero para mí es fundamental: la indignación. Sentir indignación puede ser doloroso, pero es la herramienta básica de nuestra mente para catalizar los cambios. La carencia de esta emoción genera personas conformistas, apagadas y sin esperanzas. Sentir indignación ante la ofensa, la injusticia o la crueldad es, además, la semilla del pensamiento de izquierda y del progresismo. Quien carece de indignación será con toda seguridad de derecha, porque le complace el statu quo.

En una cultura dominada por el placer rápido, la fascinación con las pastillas y la gratificación instantánea, hemos dejado de lado la reflexión de que esas emociones tienen una utilidad: mantenernos en movimiento. El miedo, el asco, la tristeza, la irritación y la indignación son todas sensaciones que nos protegen y nos hacen más profundos y complejos. Más humanos.

Por si fuera poco otro estudio —quizá el más importante de todos los que mencioné— demostró que tomar cerveza todos los días reduce el estrés e incluso adelgaza, ya que ayuda a metabolizar mejor los carbohidratos.

El estudio plantea que necesitamos tomar unos 700 mililitros de chela al día —en el caso de los mexicanos, yo diría que el doble— para estar libres de estrés y esbeltos.

Así, hoy sabemos que se puede entonces estar deprimido y de malas, con la llama de la indignación viva y con una cerveza en la mano, viviendo vidas más plenas.

Salud.

11/11/2009

En busca de la popularidad perdida

—Para Miranda, recién llegadita, y su madre.

Las lecciones son muchas y vale la pena revisarlas, no porque representan un fenómeno único sino justo porque son un fenómeno global. Me refiero, claro, a la dramática caída en la popularidad de Barak Obama —del 80 al 50 por ciento— al cumplir un año en el poder.
La primera, que ya habíamos abordado aquí antes, es obvia: las expectativas matan. Todos los que fuimos estudiantes avispados sabemos bien que entre menos expectativas construyes con tus padres y maestros, menos decepciones causarás. Lo mismo para los gobernantes. Empezar con una altísima expectativa es garantía de que habrá muchos que se sentirán frustrados o decepcionados contigo.
La segunda lección es que las campañas negativas sí funcionan. No importa cuál sea el estado de ánimo social, lo importante es que seas persistente. Cuando Obama llegó al poder, las múltiples radiodifusoras y televisoras alineadas con los Republicanos —y, por tanto, con el conservadurismo más funesto gringo— empezaron a golpetear al presidente por absolutamente todo, todos los días. Al principio parecía una bala al aire: tras un triunfo arrollador y con una reputación impecable, los demócratas se relajaron. No creyeron que tuviera sentido insultar todo el día al hombre del momento. Pero la reacción gringa, que no es ingenua, insistió. Día tras día señalaron errores, inventaron mentiras —como aquella de que Barak no es ciudadano— y criticaron todo movimiento del presidente. Y poco a poco fueron mermando la reputación impecable del primer presidente negro en la historia de Estados Unidos. Cada día alimentaron su bola de nieve de intolerancia y radicalidad y cada día lograron convencer a alguien.
La guerra decisiva fue la reforma al sistema de salud americano. Como muchos han descrito ya antes, los gringos tienen un sistema totalmente privatizado, altamente redituable, al cual lo último que le importa es la gente. Es un sistema caduco, que tiene a millones de ciudadanos en la indefensión y que es superado incluso por varias naciones latinoamericanas (no México, por supuesto).
Pero su propuesta, altamente vendible —crear un sistema de salud que proteja a los desprotegidos y que mejore la atención para todos— fue convertida por la gritería conservadora en “socialismo”. En la bestia negra. Y en una flagrante protección de los intereses privados más oscuros, defendiendo sólo a los más ricos, lograron convencer a grandes sectores de que esta reforma era malvada. Así, muchos congresistas demócratas, cuya lealtad está más entregada a sus inversionistas que a sus ideas o a su país, dejaron al presidente debilitado y obligado a renunciar a muchas de sus promesas.
Lo mismo con Guantánamo. Apenas hace unas semanas el Congreso aprobó los dineros necesarios para trasladar a los presos e iniciar el cierre de la grotesca e ilegal cárcel de Bush, pero esa ineficacia ha hecho parecer a Obama como débil y poco comprometido. Es así como esta semana, tras las elecciones en Virginia y Nueva Jersey, los republicanos han vencido y tratan ahora de convencer a todo el país de que fue un referéndum sobre el gobierno y que lo derrotaron. Hasta recibir el Nobel de la Paz lo perjudicó.
La tercera lección es que la entereza paga. Bien haría Obama en mirar al gobierno de Michelle Bachelet en Chile. La primera presidenta de ese país llegó a tener 34 por ciento de aprobación hace sólo dos años, pero hoy está acercándose al 80. ¿Cómo lo hizo? Manteniendo la entereza. Cuando se equivocó, lo admitió y lo corrigió. Cuando no, insistió e insistió. Y las múltiples veces que la derecha bloqueó sus leyes, impidió sus reformas o detuvo el avance de su proyecto, llamó a las cosas por su nombre. Bachelet es hoy muy respetada e incluso el candidato del pinochetismo finge que la admira y que seguirá su labor social.
Obama y su gente deben resistir con calma los embates de aquella ultraderecha demencial que se había convencido a sí misma que gobernaría por mil años. Porque digan lo que digan, el presidente americano recibió una administración cayéndose a pedazos: una economía desgarrada, un déficit histórico, un desgaste social enorme y dos guerras en curso.
No todo se resolverá, pero las cosas irán mejorando. Sacar la economía adelante, combatir la pobreza y la desigualdad, mejorar las condiciones de vida y mantener la integridad a la larga le darán al presidente el reconocimiento público que merece. Ceder con demasiada facilidad a la presión de los poderes fácticos y de los medios rabiosos sólo les dará la razón.
La popularidad perdida puede encontrarse. La clave es la integridad.

10/26/2009

Banana a la francesa

Como siempre, esta columna no deja de regodearse cuando tiene la oportunidad de decir “se los dije”. Claro, en este caso “se los dije” a los franceses, que difícilmente me leen. Pero no por eso deja de ser cierto.
Hace un par de años, mientras se llevaba a cabo una dura campaña presidencial entre Ségolène Royal —candidata socialista— y Nicolas Sarkozy —representante de la derecha— advertimos aquí que de ganar Sarkozy (cosa que las encuestas pronosticaban) habría un profundo desencanto y decadencia del gran país que alguna vez fue Francia.
Pero noooo, a pesar de ser el candidato del partido gobernante —así fuera enemigo del entonces presidente Jacques Chirac— los franchutes pensaron que votaban por la renovación. Por alguien fresco y nuevo, por una reencarnación de Napoleón que los sacaría del traspatio europeo y los volvería a colocar a la vanguardia.
El pronóstico se cumplió con rapidez: Sarko dedicó casi todo su primer año como presidente a su demencial cortejo con Carla Bruni, frivolizando su investidura y reduciendo el rol presidencial a las páginas rosas de los periódicos.
Una vez establecida su relación —y bien humillada su esposa previa— Sarkozy no supo qué papel jugar en el concierto internacional. Destacan entre sus logros el haber construido una amistad con el longevo dictador libio Muamar el Gadafi, acusado de una serie de ataques terroristas. Pero además de hacerse amigos, Sarkozy también decidió seguir el ejemplo de Gadafi en al menos un aspecto.
A mediados de octubre, el gobernante libio designó a su hijo Seif el Islam para ocupar el puesto de “coordinador de los comités populares y sociales”, el segundo en importancia en el país y casi equivalente al de jefe del Estado, según informó el diario Oya.
Tan sólo unos días después, probablemente inspirado por aquél gran líder, el presidente de Francia nominó a su hijo Jean, estudiante de 23 años, como presidente de la junta directiva de EPAD, el cuerpo público que gestiona el mayor distrito financiero de Europa, La Défénse.
Este cargo, sin salario pero de altísima influencia política, le permitiría a Sarko Junior entrar a las ligas mayores y empezar a construir su propio camino político, que hasta ahora ha dependido por completo de la influencia de su santo padre.
Pero —maldita sea— la escasa prensa crítica que existe en Francia (realmente escasa) y una buena parte de la opinión pública reaccionaron con comprensible indignación: ¿quién es realmente este chaval para ocupar dicho cargo? ¿Qué experiencia tiene, fuera de ser el hijo de su papá?
Sarkozy reaccionó como siempre reacciona ante los cuestionamientos: indignadísimo. “¿Por qué —gritó el presidente de Francia— linchan a mi pobre hijo? ¿Qué les ha hecho él? ¡Les juro que es un tipazo!”
Y pasó eso que tanto odia cualquier gobernante: bajó en las encuestas. De pronto, lo indefendible de la propuesta se volvió tan abrumador que en los Campos Elíseos la voluntad presidencial —casi sagrada en Francia— se volvió dudosa. Muchos lo dijeron: la tierra de Víctor Hugo se ha convertido en una república bananera. Como Libia. O México.
Entonces Sarko Junior, embebido en una profunda dignidad, fue a una entrevista televisiva en la que denunció un linchamiento mediático producto del profundo resentimiento de algunos, e hizo el sacrificio máximo: “por amor al pueblo —explicó con su voz púber y su acento fresa— no aspiraré a ser presidente de la EPAD”. Se veía de lejos su corazón sangrante. El pueblo se sintió amado y lo alabó.
Me recordó muchísimo a esos funcionarios del preescolar de Calderón que cada vez que son cuestionados aseguran que ganaban más cuando trabajan en la empresa de su familia y que son secretarios por sacrifico patriótico.
Pensé entonces, ¿somos realmente tan diferentes? ¿Es Francia mejor que nosotros o son igual de bananeros? Hoy, la respuesta es clara. Porque cuando el hijo del Presidente se hace la víctima ante toda la sociedad porque hay resistencia a que cumpla sus caprichos, no podemos más que apreciar el efecto profundo que tiene un gobernante mediocre incluso sobre un país poderoso. Imaginen lo que pasa cuando una seguidilla de presidentes mediocres gobierna un país en desarrollo. Desastre total.
Mientras escribo esto, Jean fue designado miembro del Consejo de la EPAD, más no presidente como añoraba. Hará lo que las Juanitas en el Congreso mexicano: esperará a que se asiente el polvo y volverá a operar su artimaña, ya que nadie esté prestando atención.
Y, como México, Francia seguirá esperando que llegue una clase política capaz de sacarlos adelante. La paciencia es, al final, el único consuelo de los pueblos.

10/20/2009

Marchando ando

Ah, qué tiempos. Cuando combatíamos a la oligarquía y a los gobiernos autoritarios del PRI, las marchas eran una parte obligada de nuestra vida, casi un hobbie. “¿Vas a la marcha este domingo?”, preguntaba un amigo o familiar. “¡Claro! ¿Contra qué es?”, respondía uno.
Sí, éramos muy antisistémicos. Quizá demasiado. Pero, ojo: también estábamos combatiendo un régimen cerrado, autoritario, corrupto hasta la médula y –más que nada– que había cometido numerosos asesinatos. Estábamos luchando contra el priismo más despiadado, ese que el PRI de hoy finge que nunca existió.
Cuando llegó la democracia a México, con el triunfo de Fox, no estuve entre los alegres. Cualquiera sabe que la verdadera lucha por democratizar a nuestro país la dio la izquierda, mientras el PAN recolectaba las migajas del poder. Pero Fox ganó bien, limpiamente. Sacó al PRI. Y eso es muchísimo.
Antes de eso, cuando vivíamos combatiendo al sistema teníamos una perpetua frustración: el conteo de la SSP de los asistentes a las marchas. Nadie –ni el priista más recalcitrante– negará hoy que el gobierno del Distrito Federal siempre calculaba para abajo la cantidad de personas que iban a una marcha.
Así, si éramos 100 mil contra el Fobaproa, la SSP decía “20 mil”. Si éramos 250 mil contra el TLC, la SSP decía “60 mil”. Si éramos 50 mil contra la privatización de Telmex, el gobierno decía “15 mil”. Era frustrante y, en una época de muy pocos medios independientes, la perdición. No importaba que hubiera cientos de miles, siempre nos aplastaban con las cifras.
Todo eso cambió con el gobierno de Andrés Manuel. En esa época, la SSP se volvió “selectiva”. Si la marcha era contra el desafuero y asistían 80 mil, la SSP calculaba “200 mil”. Si la marcha era contra la delincuencia y asistían 100 mil, la SSP calculaba “20 mil”. Así, nació la comodidad de lo que yo llamo “el antisistémico selectivo”, que están contra algunos sistemas y, en otros casos, totalmente a favor.
Paradojas de la democracia. Pasamos de que las marchas eran buenas y las acciones del gobierno eran malas, a un nivel de matiz único: si son de mi partido, re bien; si no, todo mal. Ojo: es enseñanza priista. Cuando en 1997 Cárdenas ganó el GDF, el PRI pasó de ser un partido sumiso y obediente a uno rijoso y pandillero. El Inge tuvo que lidiar con los cientos de “Noroñas” del PRI, que aún hoy son los líderes de ese partido en el DF, al punto que son un partido con un famoso dipuporro. Y se preguntan por qué nadie vota por ellos.
Eso es lo que estamos viendo en la política pública hoy, con una nitidez increíble. El gobierno dice –con razón– que Luz y Fuerza del Centro es una empresa quebrada e insostenible, y que su sindicato es corrupto, clientelar y disfuncional. Todo cierto. Acaben con ellos. Pero, eso sí, el sindicato de maestros que preside Elba Ester Gordillo es –misteriosamente– un ejemplo de eficiencia, honestidad y decencia.
Para las mal llamadas fuerzas de izquierda –una verdadera izquierda jamás sería defensora de los miles de aviadores del SME– dicen que no: que este sindicato es el bueno y lindo, que no debe cambiar nada, y nos vamos a la calle con ellos.
Entonces, de forma misteriosa, la SSP calcula re bien los asistentes: 150 mil. Me parece perfecto y les creo. Pero, como bien escribió Denisse Maerker en El Universal, este caso es otra de nuestras nuevas paradojas democráticas: si el gobierno “negociaba” el cierre de LyFC, igual habría habido miles de manifestaciones, tomas y sabotajes. Igual se habría convertido en una guerra sin cuartel. Así que, aunque uno puede ser muy crítico de la forma en que el gobierno de Calderón decidió resolver el tema –de forma autoritaria–, todos sabemos que tratar de solucionarlo “en buena onda” no tenía ningún futuro. En nuestro país todas las posiciones moderadas son avasalladas y convertidas en polvo. Siempre gana el que grita más fuerte.
Esa es la tragedia de México y la razón por la que estamos quedando en la retaguardia de América Latina: por un intrínseco e incontrolable instinto de ceguera. Todos sabemos que LyFC era una compañía pésima. Todos los que hemos recibido sus servicios sabemos que se quedaron atrapados en los 70 y son irremediablemente ineficientes. Ni el sindicalista más rabioso lo puede negar. Pero tampoco creo que la solución sea mandarlos a todos a la calle. No puedo creer que la única forma de lidiar con el tema sea con policías.
La marcha del SME, curiosamente bien resguardada por el gobierno del DF, demostró su fuerza y convocatoria. Pero fue, ironías del destino, una marcha conservadora. Una marcha digna de Pro-Vida. Una marcha para todos aquellos que creen que el status quo está funcionando y nada debe cambiar.
Este es el punto: antes, la SSP calculaba que nadie iba a las marchas. Después se volvió selectiva y sólo las marchas “progresistas” recibían un conteo justo. Y ahora, otra vez, son las marchas conservadoras las que son apoyadas por el sistema. Las marchas a favor del clientelismo, del charrismo y la corrupción. El DF es, otra vez, gobernado por conservadores.
Chale.